PROCRASTINACIÓN

Llega la ropa limpia y hay que ordenar. Sabes que nadie más por ti lo hará y con mucho esfuerzo extiendes tus cortos brazos para el tumulto de prendas levantar, tirarlo sobre la cama y comenzar a doblar. Giras hacia la derecha con desidia y descuido sin imaginar que golpearías y romperías la copa que ayer por la noche olvidaste sobre el suelo medio llena con vino. Observas atónita como tu costosa alfombra el líquido oscuro comienza a succionar. A los alrededores reposan puntiagudos trozos de vidrio y te enfureces, maldices en voz baja, pero no logras reaccionar.

Después de contemplar el desastre durante algunos segundos, te tumbas sobre la montaña de telas y optas por relajarte y meditar. Descubres que eres capaz de realizar excepcionales análisis financieros y obtener los mejores promedios en una maestría de negocios, pero un grupo de tareas del hogar parecen estar dispuestas a desbaratarte cada vez que se lo proponen y piensas que no hay derecho. Te disgustas contigo misma por dejar que la alfombra continúe absorbiendo el vino, pero sabes que no te moverás. Como la Ley de la gravedad propone, tu cuerpo desciende por su propio peso e ignoras tus deseos de confrontar el aseo. Cierras los ojos, sientes con precisión los aromas florales que brotan de la ropa limpia debajo de ti y te dejas caer en sueño, ha llegado el momento de procrastinar y para eso amiga mía, no existen horarios.

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